jueves, 19 de noviembre de 2009

Leonardo Videla

Leonardo Videla (San Bernardo, 1978). Sus poemas han aparecido en las antologías Hipocampos (EVA Ediciones, 1998), Compañeros de Juego (Ed. Barba de Palo, 2001) y Sur Fugitivo (Ed. La Jauría, 2004). En el 2000 publica el libro de poesía La Escalera Anterior (Ed. Leviathan). Fue becario de la Fundación Neruda el año 2003 y el 2005 recibe la Beca de Creación Literaria del Fondo del Libro.




LA CARRERA DE POETA




La tradición es insoslayable
si hay que dedicar un poema al heredero.
Rojas, por ejemplo, tiene uno que declara
“Lihn tiene la palabra”, o algo por el estilo.
Como quien dice con un gesto
invitante de la mano: yo ya no estoy
para estos trotes, cabros. Estoy viejo.
Numinizado. Y si quieren
seguir esta carrera, cabros,
antes de copiarle a Pound cópienle
a Enrique, que es casi chileno.


Y uno sigue el consejo —y aunque
temes que aún le quede aliento,
a los 15 años detienes un segundo
tu carrera, tomas un clip del escritorio,
lo pliegas y le das forma de mariposa
muerta, y con ese marcapáginas
ad hoc cierras Del relámpago
en una página cualquiera, la primera
si eres siútico, así como quien jura
que, aunque ya sobrepasado, a Gonzalo,
cabros, se le sigue leyendo
al menos para no olvidar el canto.


Y sigues el consejo (aprendiz de corredor:
ya pasaste a uno por los palos
y ahora es el turno del siguiente más veloz)
y he aquí que antes de los 17
ya te has tragado Las Esferas, Manhattan
y ahora, en aire de desencanto, a punto
de irte alado por Ahumada, ya te sientes
un poeta-ciudadano —suspicaz,
supercrítico, no-global quizás—
pero poeta al fin y al cabo; y para un poeta,

cabros, la tradición es insoslayable
si hay que dedicar un poema al heredero.
Insoslayable, incluso, en la misma
tentación de elegirse uno: lo sorprendimos
espiando a través de los vidrios empañados
—¿del acuario, del invernadero?—,
observando al otro lado las maniobras
de la diáspora chilena, vibrando
con el roce de sus antenas cuando
se cruzaban en alguna capital europea,
y eligiendo, finalmente, desde el estrado
(también Lihn hizo de jurado),
con un gesto invitante de la mano,
a Roberto, el más suculento
crustáceo de ese tiempo, agregando
en el acta de premiación: “Bolaño
tiene la palabra”. O algo por el estilo.


Detengamos un momento la carrera
y meditemos sobre esto.
La primera pregunta es instintiva:
¿se trata de la misma palabra en uno
y otro caso? Y si es así, ¿desde cuándo
se la vienen pasando, esa palabra,
como al testigo en la carrera de las postas?
No lo sabremos, creo. Todos o casi
todos los involucrados en este caso
están muertos. Sabemos, eso sí, que bastan
dos para dar la apariencia de infinito,
y que tres son garantía de que algo extraño,
muy extraño ha venido pasando
(¿desde cuándo?, ¿y quién, si puede saberse,
se la pasó a Gonzalo en un principio?).


La segunda pregunta, en cambio,
con un trabajo de equipo podría responderse
de inmediato, y por eso, cabros, mientras
yo vuelo por sitios que violan todos
los copyrights y voy a caza de inéditos
de la poesía nacional, les pido
que rápidamente busquen en Bolaño
la famosa palabra que Rojas le pasó a Lihn
hace tantos años ya. Podremos
comparar, dar nuestras opiniones,
quizás votar las alternativas mejores.
Todo eso más tarde, en todo caso.
Por ahora, cabros, lo importante

es que con el aliento suspendido
(se les va la vida en esto, creo)
busquen en Bolaño: “X tiene la palabra”;
porque si lo dijo, cabros, si lo pillan,
eso o algo por el estilo, si la tradición
es insoslayable hasta el punto
que los muertos eligen herederos,
si ninguno se llama X y por lo tanto
no tenemos la palabra —no
tenemos el testigo— es que hemos
estado corriendo la carrera equivocada
y no era la velocidad, cabros,
ni el arte del canto, ni la astucia supercrítica
ni el desencanto sino un simple
gesto de la mano —invitante,
con un obsequio muy ligero
entre los dedos, como un aire
(o como un premio)—
lo que nos mantendría en esta pista.

 
 
del libro inédito SAFARI

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